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La hacienda Carcelén está en riesgo de caer al río Monjas de Quito

Entre la quebrada El Colegio y una de las paredes de la hacienda Carcelén hay apenas 12 metros. Foto: Diego Pallero / EL COMERCIO

Al cruzar un corto pasillo, que conecta al portón principal con un patio estilo andaluz, es inevitable transportarse al pasado, concretamente a la época colonial, cuando eran comunes las casonas con zaguanes, amplias y silenciosas.

Así mismo luce hoy la hacienda Carcelén, ubicada en el norte de Quito. Su construcción data de 1767.

Sus techos inclinados y de teja, sus columnas de madera y paredes de adobe que alcanzan el metro de espesor guardan la historia de quien alguna vez fue su propietaria: Mariana Carcelén y Larrea, también conocida como Marquesa de Solanda y esposa de Antonio José de Sucre.

Todas estas características la convirtieron en una de las invaluables haciendas quiteñas de las que -aunque se conocen pocos detalles- su resistencia al tiempo e importancia histórica la volvieron oficialmente patrimonio de la capital en el 2009.

Entre estos rincones se pasearon por varias ocasiones los familiares de Sucre y de la Marquesa. Allí también se hospedó parte de la comitiva del ejército del Mariscal, según reseña Raúl Codena, director del Instituto Metropolitano de Patrimonio.

Una de las habitaciones tiene una grieta. El COE pidió su desalojo.

La hacienda fue una de las propiedades adquiridas por la Marquesa y Sucre tras su casamiento, en 1828. Al regresar de Bolivia, Sucre tenía la intención de hacer de esa hacienda una de sus moradas, así como la conocida casa del Centro Histórico -hoy Museo Casa de Sucre- y el Palacio de El Deán, en el oriente de la capital.

En la actualidad, la quietud que se percibe en el jardín decorado por árboles frutales, arbustos florales y una cruz de piedra tallada, parecen ajenas a la preocupante situación del terreno sobre el que reposa la casona.

En la cara suroriental de la hacienda, la tierra que sostiene huertos y árboles se hunde poco a poco. A solo 12 metros de la casa se encuentra la quebrada El Colegio, por donde pasa el río Monjas. Con el paso del tiempo, el terreno cede, cuenta José Monge, propietario de la hacienda desde hace 40 años. Cuando llueve, el nivel de las aguas aumenta hasta 10 veces su tamaño y el río ruge con fuerza llevándose todo lo que encuentra a su paso, incluso la tierra de los costados.

El agua lluvia de barrios como San Carlos, La Ofelia, Cotocollao y El Condado, va a parar a este río. Por eso, una tormenta es un martirio para Monge y su familia, que viven en este inmueble. Con cada derrumbe, la casa tiembla, las tejas se deslizan y un fuerte estruendo retumba en la sala. “Casi ni duermo”, dice Monge.

En las paredes del costado sur de la casa se perciben los daños. Una cuarteadura atraviesa un muro desde el techo hasta el piso en el exterior de una de las 17 habitaciones, por lo que el Comité de Operaciones de Emergencia de Quito (COE) pidió desalojarla, por precaución.

Como parte de la mitigación, se colocan piedras al borde del río.

Los problemas por el aumento de lo que alguna vez fue una acequia empezaron hace cuatro décadas. Con la expansión de Quito hacia el norte, más aguas servidas fueron a parar a la quebrada que alcanzaba, en ese entonces, 6 metros de ancho. Sobre ella había un puente que permitía cruzar desde el otro extremo (donde hoy se asienta La Esperanza). Ese era el acceso principal, del cual solo quedan vestigios.

El Instituto de Patrimonio monitorea constantemente este inmueble, al igual que otros con la misma fragilidad, que aún quedan en el Distrito.

Hace aproximadamente 20 años, el entonces Fondo de Salvamento de Patrimonio Cultural (Fonsal) realizó los primeros trabajos de reforzamiento de la hacienda. Intervenciones que han sido necesarias de forma periódica, y que también ha realizado Monge de forma particular.

Hace pocas semanas, técnicos municipales hicieron un nuevo recorrido y verificaron agrietamientos y fisuras causadas por de la erosión que produce el río Monjas. Se determinaron acciones urgentes sobre el caudal, para evitar la pérdida total de la hacienda.

Este tramo, incluida la quebrada El Colegio, fue declarado en emergencia en abril pasado, ante el acelerado desgaste del talud causado por el afluente. Hay otros 14 puntos de riesgo.

Al otro lado, en La Esperanza, los patios, ventanas y paredes de unas cuantas casas también marcan el límite de la quebrada, que amenaza con ceder en cada aguacero. Allí, el Municipio identificó nueve viviendas donde habitan 38 personas, que también deben evacuar por seguridad. Pero se resisten a irse, según Henry Yandún, director Metropolitano de Riesgos.

Con la declaración de la emergencia se busca una pronta intervención para evitar más daños. Parte de esos trabajos se iniciaron la semana pasada, con la colocación de un enrocado en las bases de la hacienda y en otros puntos del afluente, para minimizar el desgaste y evitar más deslizamientos. Las autoridades contaron que los trabajos se extenderán por un mes.